El desarraigo rural también se combate desde el aula: la experiencia de un docente que apuesta a que los jóvenes se queden en el campo
Sebastián Martínez, veterinario y profesor en un IPEA de Cruz del Eje, Córdoba, lleva 14 años mostrándoles a sus alumnos que la producción a pequeña escala también es una salida laboral real. Una realidad que interpela también a Mendoza y Cuyo, donde el arraigo rural enfrenta los mismos desafíos.

El éxodo de los jóvenes del campo hacia las ciudades es un fenómeno que golpea a buena parte del interior productivo argentino, y la región de Cuyo no es la excepción. Frente a ese desarraigo, hay docentes que desde las escuelas agrotécnicas trabajan a contramano de la tendencia, intentando convencer a sus alumnos de que en la ruralidad todavía hay futuro.
Es el caso de Sebastián Martínez, veterinario y profesor del Instituto Provincial de Educación Agrotécnica (IPEA) N° 211, en Cruz del Eje, norte de Córdoba. Hace 14 años que trabaja a diario para revertir esa lógica en una zona donde predominan las producciones de baja escala y poco capital, algo que también describe con precisión a buena parte de los sistemas productivos de Mendoza y San Juan.
“Trato de darle una vuelta de rosca para que los chicos vean que hay salida laboral en el sector. Algunos dicen que Cruz del Eje no tiene empresas, pero se equivocan. Tenemos muchas empresas y fábricas, que son el campo”, sostiene el docente.
Martínez dicta Producción Animal en cuarto y sexto año, y está a cargo de la materia Formación en el Ambiente de Trabajo en séptimo, donde los futuros técnicos agropecuarios llevan a la práctica todo lo aprendido durante la escuela. Una instancia clave —y perfectamente trasladable a la realidad de los IPEA e institutos agrotécnicos de Mendoza— para que los chicos comprendan de primera mano qué implica sostener una explotación chica en el interior productivo.
Productores que “le sacan jugo a las piedras”
Cruz del Eje es una localidad marcada por productores que atraviesan serias dificultades económicas y que, para sobrevivir, deben maximizar la eficiencia con muy pocos recursos. Un escenario que resulta familiar para buena parte de los pequeños productores de la precordillera mendocina, donde la escasez de agua, el costo de los insumos y la falta de escala productiva son moneda corriente.
“En la escuela la teoría te muestra lo lindo, te indica cómo ser productivo o llevar adelante el manejo sanitario, pero cuando te vas al campo ves la realidad. Algunos se asustan, pero muchos otros ven en eso un futuro proyecto”, explica Martínez, orgulloso de cada alumno que decide apostar por quedarse en el pueblo.
“Es hermoso verlo, porque son como tus hijos”, agrega.
Devolver lo que la escuela le dio
Antes de convertirse en profesor y veterinario, Sebastián fue alumno de la misma institución donde hoy enseña, algo que le da un peso simbólico especial a su tarea diaria.
“Quiero devolver un poco de lo que la escuela me dio y mostrar a los chicos que hay otra realidad. Es un sector cruel pero tiene potencial y tiene salida. Quiero que les nazca a los jóvenes esa pasión, que se queden en el pueblo y no emigren”, concluye el docente.
Su testimonio pone sobre la mesa un debate que también atraviesa a Mendoza y Cuyo: cómo sostener el relevo generacional en el campo cuando las condiciones económicas empujan a los jóvenes hacia las ciudades.
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