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La vergüenza nacional: un pote de yogur de 159 cm3 vale más que un litro de nafta premium

Mientras el Gobierno festeja la baja de la inflación, en las góndolas el dato duele: 159 gramos de yogur entero La Serenísima cuestan $2.950, más de lo que sale un litro de Infinia. La brecha entre el precio de los alimentos y el poder de compra vuelve a quedar expuesta en la peor comparación posible.

Mientras el Gobierno festeja la baja de la inflación, en las góndolas el dato duele: 159 gramos de yogur entero La Serenísima cuestan $2.950, más de lo que sale un litro de Infinia. La brecha entre el precio de los alimentos y el poder de compra vuelve a quedar expuesta en la peor comparación posible.

Hay números que no necesitan demasiada explicación técnica para funcionar como diagnóstico de un país. Este es uno: un pote de Yogur Entero Cremoso con Cereales de La Serenísima, de apenas 159 gramos, se consigue hoy a $2.950. Es decir, a razón de casi $18.000 el kilo. Mientras tanto, el litro de nafta Infinia de YPF —la premium, la más cara de las naftas— ronda los $2.276 a $2.303 según la región, y el gasoil Infinia Diesel se mueve en valores similares.

Hagan la cuenta: un frasco de yogur del tamaño de un pocillo de café cuesta más que llenarle el tanque, litro a litro, a la nafta más cara del surtidor. No es una changa, no es una promoción vencida ni un dato aislado de una góndola cara de Recoleta. Es el precio de lista de un producto básico de consumo masivo, el mismo que cualquier familia de Mendoza o de cualquier rincón del país mete en el changuito todas las semanas.

La comparación funciona como termómetro de una economía donde los combustibles vienen ajustándose fuerte —la Infinia acumula una suba interanual cercana al 46%, empujada por la actualización del Impuesto a los Combustibles Líquidos y la paridad de importación— pero donde, aun así, un lácteo básico logra superarla en precio por unidad. Ni hablar de lo que representa esto para el productor tambero, que ve cómo la leche que sale de su tambo llega góndola adentro multiplicada varias veces, sin que esa diferencia vuelva jamás al eslabón primario de la cadena.

El relato oficial insiste en que la inflación cede mes a mes. Puede ser cierto en el promedio. Pero el promedio no explica por qué el yogur —un alimento elemental, no un capricho gourmet— terminó cotizando como si fuera petróleo embotellado. Es la fotografía de una macroeconomía que ordena las variables fiscales a costa de licuar el bolsillo de quien tiene que comer todos los días, y de un esquema de comercialización donde el productor sigue siendo el que menos gana en la cadena de valor.

Mientras en Buenos Aires se discuten superávits y anclas cambiarias, en las cocinas de Cuyo la aritmética es más simple y más cruda: el desayuno sale más caro que mover el auto.

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