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Grieta vitivinícola: mientras Viña Maipú se funde en un concurso de acreedores, Peñaflor mete US$44 millones en Tunuyán

En 24 horas, Cuyo mostró las dos caras de la misma crisis: una bodega fundada en 1862 pide auxilio judicial para no fundirse, mientras el gigante del vino argentino anuncia una planta nueva en el Valle de Uco. El festejo de Caputo por Twitter completa el cuadro de una industria donde los grandes crecen y los chicos se caen.

La vitivinicultura mendocina volvió a mostrar, en la misma semana, la polarización que atraviesa a todo el agro argentino: por un lado la fábrica se para, por el otro la maquinaria se expande. No es casualidad ni es solo mala suerte empresarial: es la fotografía de un modelo de concentración que en Cuyo se siente en carne propia, bodega por bodega.

Una histórica de Maipú, asfixiada por la cadena de pagos

Casir Dos Santos S.R.L., la sociedad que administra la Viña Maipú —en actividad ininterrumpida desde 1862—, se presentó en concurso preventivo de acreedores. El expediente tramita en el Tercer Juzgado de Procesos Concursales de la Primera Circunscripción Judicial de Mendoza, a cargo del juez Pablo González Masanés.

La empresa había pedido el concurso el 29 de mayo, y el tribunal abrió el proceso el 8 de julio. Los números hablan solos: 384,2 millones de pesos de deuda con cinco entidades financieras y 21 cheques rechazados por más de 74 millones de pesos. La bodega también le pidió a la Justicia que ordenara a EDEMSA no cortarle el suministro eléctrico, porque un corte hubiera significado la parálisis total de la producción. El juzgado hizo lugar al pedido y además dispuso que los bancos mantengan abiertas las cuentas de la firma.

Lo llamativo es que hasta hace poco Viña Maipú parecía ir a contramano del ajuste del sector. Adquirida en 2014 por Gustavo Casir y Alan Dos Santos, la bodega encaró desde 2016 una modernización sostenida: inversión tecnológica, ampliación de capacidad, más personal y desembarco en 20 mercados de exportación. Hoy tiene 15 hectáreas propias de Malbec en Lunlunta, viñedos de Cabernet Sauvignon en Gualtallary y una finca en Agrelo a 950 metros de altura. Ese crecimiento se cortó de golpe entre la caída del consumo interno, el parate del crédito y la mora de sus propios clientes.

Los números de una industria en retracción

El caso de Viña Maipú no es un accidente aislado. Según el Instituto Nacional de Vitivinicultura, en agosto de 2026 Argentina exportó 121.908 hectolitros de vino, un 27,8% menos que un año atrás, por un valor FOB de 45,6 millones de dólares (-23%). Un informe de IERAL había marcado además que Mendoza exportó en el primer semestre un 36% menos de vino fraccionado. Números que confirman lo que en la Cuyo productiva ya se sabe de boca en boca: Norton, Bianchi y Casamontes son solo algunos de los nombres grandes que también mostraron síntomas de estrés financiero este último tiempo.

Del otro lado del mostrador: Peñaflor pone US$44 millones en Tunuyán

Mientras la Justicia mendocina procesaba el concurso de Casir Dos Santos, el Grupo Peñaflor —principal productor y distribuidor de vino del país— anunciaba por su cuenta oficial de X la construcción de una nueva bodega en Tunuyán, en pleno Valle de Uco, con una inversión de US$44 millones. La obra forma parte de un plan de inversiones que supera los US$75 millones para ejecutar antes de 2028, e incluye una línea de embotellado para bebidas listas para tomar (RTD), un segmento que crece a nivel global.

La nueva planta arrancaría a operar en la vendimia 2027, con capacidad para elaborar 15 millones de litros de vino a partir de 20 millones de kilos de uva. Minutos después del anuncio, el ministro de Economía Luis Caputo replicó el posteo con un escueto “Excelente, este es el camino. Felicitaciones” — el mismo día en que una bodega de 164 años pedía auxilio judicial a pocos kilómetros de distancia.

Concentración, no solo crisis

El contraste entre Viña Maipú y Peñaflor no debería leerse como una anécdota de suerte empresarial, sino como el síntoma de un proceso más de fondo: la concentración de la producción vitivinícola en pocas manos, un fenómeno que ya se vivió en otros eslabones del agro argentino. Los jugadores con espalda financiera para sostener deuda y con participación dominante en el mercado logran capear la caída del consumo y el cierre del crédito. Los chicos y medianos, en cambio, quedan expuestos a la primera turbulencia: sin acceso a financiamiento, sin margen de maniobra frente a la mora de sus clientes, y sin el colchón que da vender en 20 mercados distintos.

Para Mendoza, la pregunta de fondo no es si Peñaflor invierte —una buena noticia en sí misma, más empleo y actividad en el Valle de Uco— sino qué política sectorial existe, más allá del festejo en redes, para que la salida de la crisis no sea a costa de que desaparezcan las bodegas históricas que le dieron identidad a la vitivinicultura cuyana.


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Fuente: Bichos de Campo, 10 de septiembre de 2026.

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