El dron de carne y hueso: Adriana, Mencho y la dignidad del oficio en el viento del sur
Por el ojo de la cerradura de las grandes exposiciones rurales siempre se filtran el olor a nafta de los tractores cero kilómetro, los discursos acartonados de los palcos y los billetes que cambian de manos por un reproductor de raza. Pero a mí, que quieren que les diga, esas cosas me aburren un poco. A mí me gustan las historias de los que se quedan cuando las luces se apagan y el viento empieza a castigar las chapas.
En la Rural de Bariloche apareció una de esas historias que te reconcilian con el género humano. O con el género animal, que a veces viene a ser lo mismo. Los protagonistas son Adriana Maricel Suárez y Mencho. Ella, una tipa con un coraje de esos que ya no abundan, fundadora de la Sociedad Argentina de Perros Arrieros (SAPA). Él, un Border Collie de línea de trabajo que pasó toda la entrevista fuera de cuadro pero con los ojos clavados en las ovejas, como quien mira la pelota antes de patear un penal decisivo.
El instinto no se negocia
Dice Adriana que lo de Mencho “viene de fábrica”. El perro tiene la obsesión del pastoreo metida en la sangre, una pasión que ningún adiestrador le puede meter adentro si el bicho no la trae del nido. Y ahí es donde Adriana planta su bandera: ella no cría perros para que hagan monerías en el living de un departamento ni para que salgan lindos en una foto de Instagram. Lo suyo es la selección genética para el laburo pesado, ese que hace falta en los cuadros de miles de hectáreas donde la soledad te come las piernas.
A mí me fascina esa resistencia. En un mundo que prefiere lo estético, lo descartable y lo que no molesta, hay gente en el sur que sigue apostando a la utilidad pura, a la dignidad del trabajo bien hecho. Si criás un Border Collie y le sacás el instinto para que sea más “bueno” o más vistoso, le estás robando su identidad. Es como sacarle la pelota a un pibe de barrio.
Un trabajo sin ladridos ni prepotencia

La descripción que hace Adriana de Mencho laburando en el campo es una belleza que tiene la precisión de un mecanismo perfecto, pero con corazón:
“Entrás a un cuadro, mandás al perro a mil metros y te trae el rebaño. Vos lo esperás en la tranquera y cerrás cuando pasan… Es como un dron que va y te trae lo que necesitás”.
Pero ojo, que acá no hay milicos ni prepotencia. Mencho no es un perro que va a los tarascones ni a los ladridos limpios. El tipo sale disparado, se abre en el horizonte, rodea el lote y empieza a empujar desde atrás con la cola baja, con un andar felino. No necesita gritar para imponer respeto; las ovejas sienten la presión de su mirada y caminan. Labura para cumplir el objetivo con el menor estrés posible para el rodeo. Eso no es solo adiestramiento; es una ética del comportamiento. El verdadero jefe no necesita ladrar.
La lealtad en el silencio
Mencho no es el perro guardián que mima a las ovejas; es el que las ordena, el que las mueve en la inmensidad del desierto patagónico. Mientras Adriana hablaba con el periodista, el perro ni pestañeaba mirando el corral. Esa lealtad silenciosa, esa concentración absoluta en el deber, es la misma que uno encuentra en los personajes de los pueblos del interior: tipos que no buscan el aplauso de la tribuna ni salir en la tele, sino simplemente terminar la jornada sabiendo que la majada durmiento donde corresponde.
Desde este rincón de Mercado Campo, le mandamos un abrazo apretado a Adriana y un silbido de aprobación a Mencho. Mientras haya gente defendiendo las líneas de trabajo y animales que entiendan el lenguaje de la tierra sin necesidad de violencia, la Patagonia seguirá siendo ese territorio indomable donde las historias se escriben con las patas en el suelo y los ojos fijos en el horizonte.
























