
Innovar desde el taller: la historia del Mariano Vitolonni que diseña máquinas agrícolas con ingenio mendocino
Desde La Consulta, en pleno Valle de Uco, un fabricante desafía la lógica del mercado con creatividad, oficio y una visión distinta de la producción local. “No busco estabilidad, busco desafíos”, dice. Su historia muestra que la industria también puede tener raíces rurales.
Por Mariano Montoya creador de MercadoCampo.com.ar
Thank you for reading this post, don't forget to subscribe!El valor de hacer con las manos
En un galpón del distrito de La Consulta, el sonido del esmeril se mezcla con el aroma metálico del acero cortado. Allí, entre planos, guillotinas y plegadoras nuevas, un joven fabricante de máquinas agrícolas se abre camino en uno de los rubros más desafiantes del país: el diseño y fabricación de maquinaria para el sector de la agricultura.
Mientras otros buscan importar tecnología, él la crea desde cero. Su especialidad: equipos para empaque y procesamiento de ajo, un producto emblemático del Valle de Uco.
“Siempre fui muy curioso”, comienza. “Me gustaba desarmar cosas, entender cómo funcionaban, volver a armarlas. Esa curiosidad fue lo que me llevó a este oficio. No vengo de una familia de ingenieros ni de metalúrgicos. Simplemente, tuve ganas de hacer”.
Estudió en la escuela técnica y luego completó el terciario sus estudios en Mecatronica. A los pocos años, trabajaba en una empresa frutihortícola donde aprendió a armar y reparar máquinas. De esa experiencia surgió, poco a poco, el sueño de tener su propio taller.
Del aula al taller: aprender haciendo
Hoy, ese sueño es una realidad. Su pequeña empresa local fabrica sistemas de transporte, clasificadoras, elevadores, cepilladoras y equipos personalizados para galpones de empaque, con foco en el ajo pero también para otros cultivos.
“Yo creo que somos los únicos que hacemos este tipo de máquinas acá en La Consulta”, cuenta con orgullo. “Nuestro enfoque es artesanal, pero con criterio industrial. Si el cliente viene con una idea, la desarrollamos desde cero. Si la máquina ya existe, la analizamos, mejoramos el diseño y la adaptamos a su necesidad”.
El proceso, detalla, combina precisión técnica con intuición: “Hay veces que no existen soluciones estándar. Por ejemplo, un cliente nos pidió separar el polvillo del perejil. Tuvimos que pensar si hacerlo con aire o con zaranda. Son cosas que te obligan a pensar, a probar, a equivocarte. Y de eso se aprende muchísimo”.
Competir con el mundo desde el interior
El desafío más grande no está en el plano técnico, sino en el económico. “Vos ponés un metro de hierro a 10 pesos, te costó 7 hacerlo, pero el chino te lo trae puesto acá al mismo precio. Ahí empieza el problema”, explica.
Durante años, los fabricantes locales de maquinaria agrícola debieron lidiar con un mercado distorsionado por la importación y por precios finales inflados. “Había máquinas que costaban 15 millones de pesos fabricarlas y las vendían a 100 millones. Se abusaban. Nosotros decidimos ir por otro camino: hacer productos accesibles y de calidad”, dice.
Hoy, el sector está “planchado”, como él mismo admite, pero sigue en movimiento. “El ajo está quieto, pero algo se mueve. Antes tenía cinco personas trabajando, ahora tengo una. Igual no me quejo: estamos construyendo un nuevo galpón, compramos herramientas nuevas, plegadoras, guillotinas… estamos armando un buen circo para crecer”.
El gen argentino: ingenio frente a la adversidad
En el relato del entrevistado aparece una constante: la creatividad como respuesta a la crisis. “El argentino tiene una virtud: se da maña para optimizar los procesos”, reflexiona. “Si a un chino le dicen que tiene que mover cajas de acá para allá todo el día, las va a mover. Pero el argentino le va a poner una chapa inclinada para que bajen solas. Siempre busca la vuelta”.
Mariano Montoya, creador de MercadoCampo.com.ar y autor de esta entrevista, le responde con una cita de Steve Jobs: “Cuando busco alguien para resolver un problema, busco un vago, porque el vago encuentra el camino más rápido”.
El entrevistado sonríe: “Totalmente. A veces ser medio vago es ser creativo. Hay gente estructurada que no sale de la rutina. Pero hay otras personas que ven soluciones que los demás no. Esa gente vale oro, y hay que tenerla cerca”.

De fabricar máquinas a diseñar soluciones
En su taller no solo se fabrican piezas: se resuelven problemas.
“Muchos clientes ni siquiera saben que tienen un cuello de botella. Nosotros vamos, observamos y analizamos todo el proceso productivo. Y muchas veces encontramos formas de mejorar sin grandes costos. No se trata de dejar gente sin trabajo, sino de reasignar tareas para hacerlas más eficientes”, explica.
Esa mirada le permitió trabajar con distintas empresas, desde productores pequeños hasta bodegas reconocidas como Zuccardi, que incorporaron sus sistemas de transporte y automatización parcial.
“Donde hay un problema, hay una oportunidad”, resume. “Y en este país, problemas sobran. El desafío está en verlos antes que los demás”.
El cambio generacional en el campo
Su análisis también toca un punto cultural. “Cuesta mucho imponer una idea nueva. La gente dice ‘siempre se hizo así’. Les cuesta salir de la zona de confort. Pero las generaciones nuevas ya entienden que las máquinas no vienen a reemplazar a nadie, sino a mejorar la calidad del trabajo”, reflexiona.
Por eso, su estrategia es diseñar equipos simples y accesibles, que puedan manejar operarios sin formación técnica avanzada. “Antes necesitabas un técnico especializado para operar una máquina. Hoy tratamos de hacerlas más intuitivas. Con una pequeña capacitación, cualquier persona puede hacerlo”.
La primera máquina: cortar el tallo del ajo
Entre risas, recuerda su primer invento: “Una máquina para cortar el tallo del ajo. La hice hace cuatro o cinco años, improvisada, pero todavía anda. Fue un desafío enorme porque ese tipo de máquina casi no existe. Y eso me dio confianza para seguir”.
Desde entonces, su taller ha fabricado decenas de equipos a medida, cada uno con una historia distinta. “Al final, cada máquina que hacemos es única. No hay dos iguales. Y eso también es lo que me gusta: que cada proyecto te obliga a pensar distinto”.
Más que un trabajo: una forma de vida
A diferencia de muchos jóvenes que migran hacia la ciudad o hacia empleos más estables, él eligió quedarse y apostar por su propio camino. “Mucha gente me dice que me vaya a trabajar a una industria grande, que ahí voy a estar tranquilo, con vacaciones y sin problemas. Pero no es lo que me motiva”, dice.
“Lo que me mueve es resolver cosas. Tener un quilombo, buscarle la vuelta, ver cómo hacerlo funcionar. Eso te mantiene vivo. Y mientras sigamos aprendiendo, vamos a seguir creciendo”.
Formar equipos, como en el fútbol
La conversación deriva hacia el tema de los equipos humanos. “Yo veo a las personas como jugadores en un equipo. Si uno se equivoca, no hay que echarlo. Hay que entrenarlo. Si algo sale mal, capaz el problema no es del que ejecuta, sino del que enseña. La clave está en formar, no en reemplazar”.
Con esa filosofía, ha formado a jóvenes de la zona que llegaron sin experiencia y hoy son operarios calificados. “Tengo un compañero, Germán, que en tres años aprendió muchísimo. El primer año fue prueba y error. Ahora ya hace cosas que antes ni preguntaba. Así se aprende, haciendo”.
El valor del error
En un rubro donde cada equivocación cuesta dinero, el entrevistado no le teme al error: lo asume como parte del aprendizaje. “Nos pasa seguido. A veces una máquina no queda como esperábamos. Me frustra, claro, pero es parte del proceso. Los errores encarecen, te hacen perder tiempo, pero también te enseñan. Cuanto más rápido nos equivocamos, más rápido aprendemos”.
Un símbolo de la nueva ruralidad
Su historia representa a una nueva generación de emprendedores rurales: jóvenes con formación técnica, mentalidad innovadora y sentido de comunidad, que apuestan por quedarse en su tierra y aportar valor agregado desde el interior.
“En Mendoza hay talento de sobra”, dice Montoya al cerrar la charla. “Lo que falta es visibilidad y apoyo. Estos talleres son el corazón de la industria nacional. No son grandes fábricas, pero sostienen la economía local, generan empleo y demuestran que el campo argentino también puede pensar tecnología”.
Para pensar y pensarnos
Mientras salgo del taller, todavía tengo el ruido del torno metido en la cabeza. Ese zumbido constante, metálico, que parece repetir una sola palabra: persistir.
Pienso que hay algo profundamente argentino en eso de seguir adelante, aunque el contexto se desarme como una máquina sin tornillos.
No hay subsidios, no hay créditos blandos ni publicidades en la tele. Hay ingenio, mate y la paciencia de quien entiende que si no lo hace uno, no lo hace nadie.
En Buenos Aires hablan de productividad, de competitividad, de innovación. Pero acá, en un galpón, la innovación tiene forma de fierro doblado y manos manchadas de grasa.
Acá la economía no es una planilla de Excel: es una máquina que corta ajo y le da trabajo a un pibe que aprendió mirando y estudiando
El país suele olvidar a estos tipos. No salen en los noticieros, no reciben premios. Pero cuando uno los escucha, entiende que ahí está el verdadero motor: el que no se apaga con el dólar ni con los discursos.
Un motor que se alimenta de algo que no cotiza en ninguna bolsa: la dignidad de hacer lo propio, aunque nadie lo aplauda.
Quizás el futuro no esté en Silicon Valley ni en las promesas de los economistas de turno.
Quizás esté, más bien, en esos talleres escondidos donde todavía alguien ajusta una tuerca pensando que, si la máquina funciona, capaz el país también arranque.
Teléfono de Mariano Vitoloni: 2622-403439





Comentarios
2
Excelente nota… Mis respetos a ambos Marianos…
Gracias Mauricio