
Empieza hablando del vino y termina hablando del padre, del hijo, del odio, de la ternura y, de paso, del desierto.
Por Mariano Montoya
“Mi padre era un indio bastante bravo. Claro, trabajaba en el monte, con el hacha, ahí tuvo a sus catorce hijos. No tenía tiempo de jugar con nosotros, además no tenía ninguna cultura, pobre viejo. Pero los domingos se sentaba en un sillón de esos que se hamacan, que hacía mi madre con el hacha (ella hacía todos los muebles de la casa) y se compraba un litro de vino. Tomaba y cantaba, y acariciaba a mi madre. Y entonces podíamos jugar con él, subirnos a upa, tocarlo. Cuando fui grande pensé: ¿qué magia tiene el vino capaz de devolverle al hombre la ternura por los hijos, por la compañera, las ganas de cantar? Yo amo al vino porque el obrero, que no puede ir de vacaciones, ni tener una casa como la gente, toma un vino, como hacía mi padre, y se reencuentra con él. Por ese día es feliz”. Horacio Guarany
En La Consulta el viento no sopla: interroga. Se mete en las mangas, levanta la tierra, y te obliga a decir algo que no sabías que ibas a decir. Por eso la charla fue larga. De esas que empiezan hablando del vino y terminan hablando del padre, del hijo, del odio, de la ternura y, de paso, del desierto.
Nos sentamos frente a la bodega que alguna vez se llovía. Yo lo sabía porque lo había visto: esa pared húmeda que parecía un mapa del fracaso y ahora es apenas una anécdota. Del otro lado estaba Jorge —ex siderúrgico, ahora bodeguero—, un hombre que cambió el acero por la levadura. No es una metáfora poética: es un cambio de mundo.
—Escuchaba a Horacio Guaraní —le digo para arrancar—. Él decía que el vino le despertaba la ternura al padre. ¿A vos qué te despierta?
Jorge sonríe con esa mueca de tipo que no quiere ponerse solemne pero sabe que la pregunta va en serio.
—Mi viejo era duro —dice—. Muy duro. Venía de un trato duro, de abuelos duros. El vino lo ablandaba. Los pocos recuerdos tiernos que tengo de él son después de un vino. Una seña con la mano, “vení, sentate acá”.
La ternura como gesto mínimo. Nada de discursos. Un centímetro de vino y ocho de soda. Después dos y siete. Después miti y miti. Educación sentimental con sifón.
En la Argentina el alcohol suele estar sospechado. Se lo asocia con la violencia, con el exceso. Y sin embargo, en muchas casas fue la única llave para abrir la puerta de la emoción. No justifico nada, pero describo una escena que se repite: el padre rígido que, apenas afloja el cuerpo, deja asomar algo parecido al cariño.
—El vino te macera —dice Jorge—. Te permite decir cosas que en estado natural están recontra reprimidas. El macho es macho. Hasta que deja de serlo un rato.
Hay una honestidad brutal en esa frase. No habla de glamour. Habla de permiso.
Pero el vino hoy no es sólo permiso. Es estatus. Hace poco un pibe del barrio, el primero en recibirse gracias a la universidad pública, escuchó de un amigo: “Ahora tomás vino en copa”. La copa como frontera social. El cristal como ascenso.
—¿No te molesta esa idea elitista del vino? —le pregunto.
—Está todo bien con el negocio —responde—. Pero el vino como parte de la dieta, como parte de la fiesta, como facilitador de la charla, es otra cosa. Es alegría. Es conexión.
Conexión en un tiempo desconectado.
Lo que siempre me intrigó no fue sólo el vino, sino el salto. Jorge salió de la industria pesada en San Nicolás. Turnos rotativos, hornos, madrugada. El acero no espera a nadie. Y terminó en un desierto con un río flaco llamado Yaucha.
—¿Por qué Mendoza? —insisto—. ¿Por qué cambiar una dureza por otra?
Se toma un segundo.
—Porque yo ya venía pensando en Mendoza. En la relación con el agua, con la historia. Leí a Benito Marianetti. Acá el desarrollo siempre estuvo pegado al río. Y eso me atraía. Las cosas difíciles me atraen.
Mendoza no es una postal. Es un desierto con buena ingeniería. Cruzás Pareditas y el verde se acaba como si alguien apagara la luz. El agua no cae del cielo con generosidad pampeana: se administra. Se discute. Se defiende.
—Acá plantar un árbol es cavar una zanja llena de piedra —le digo—. No es fácil.
—No es fácil en ningún lado —responde—. La utopía del lugar donde todo fluye no existe.
Sin embargo, hay algo en este desierto que seduce. Tal vez sea esa épica antigua de haber forjado un ejército al pie de la cordillera. Tal vez sea la memoria de la gesta sanmartiniana flotando en el aire seco. O quizás sea algo más íntimo: la posibilidad de empezar de nuevo.
Pienso en aquel cuento de Jorge Luis Borges sobre los dos laberintos. Uno de muros y espejos. Otro de arena infinita. En el cemento al menos sabés dónde chocás. En el desierto, el enemigo es el horizonte.
Jorge eligió el horizonte.
—¿Por qué el vino y no el ajo? —le tiro, medio en broma.
—Porque el vino trae implícita la ternura —contesta sin dudar—. Y porque tiene que ver con civilización. Con dejar de ser nómade. La vid te obliga a esperar cinco años.
Cinco años en un país que no planifica cinco semanas.
El vino como acto de fe en el tiempo.
—Además —agrega—, yo tengo historia con el vino. Mi abuelo enfriaba una botella en el pozo. Era franja amarilla. Antes del vino era uno. Después, otro.
Otra vez la escena doméstica. Otra vez el pequeño milagro.
Pero hay otra escena. La del hijo.
Entrevisté primero a Julián, el enólogo. No fue casual. Me interesaba la voluntad de poder, ese concepto que Friedrich Nietzsche describía como energía vital, no como opresión. La fuerza que empuja al hijo a superar al padre.
—¿Te corre? —le pregunto.
—Por suerte —dice—. Lo mejor que puede pasar en una empresa familiar es que el hijo quiera cancha.
En Mendoza las empresas familiares son legión. Y muchas terminan en guerra fría con tonada cuyana. Acá, al menos por ahora, hay algo distinto: el padre empezó con intuición y corazón; el hijo aporta rigor científico, control de fermentación a las tres de la mañana, planillas que ordenan el entusiasmo.
—Yo encaré esto con puro gusto —dice Jorge—. Julián lo encara con sustento técnico. Eso es bueno.
No hay resentimiento. Hay aceptación del ciclo. En el fútbol uno sabe cuándo salir. La dignidad está en no fingir que todavía se corre como a los veinte.
La conversación deriva —como derivan todas en la Argentina— hacia el odio. Digo que el odio a veces gana. Jorge me frena.
—Es una afirmación fuerte.
Lo es. Pero la sostengo: el odio gana en el corto plazo. Es bestseller. Hace ruido. Vende rápido. Después se devalúa.
La ternura, en cambio, trabaja en silencio. Es como el agua del Yaucha sobre la piedra. No impresiona en caudal, pero insiste.
—Ese es nuestro plan de negocio —bromea.
Tal vez no sea broma.
En un país donde todo se grita —la política, el dólar, el vino de moda—, pensar la copa como puente y no como pedestal es casi subversivo. No se trata del sommelier que detecta grosellas y cassis como si recitara a Socrates en un simposio moderno. Se trata de la mesa. De la conversación. De la posibilidad de mirarse a los ojos.
—¿A vos te llega un vino con historia? —me pregunta de pronto.
No tomo vino, le confieso. Me río. Pero entiendo la pregunta. No habla del líquido. Habla del relato. De si sentimos cuando algo fue hecho con paciencia, con obstinación, con esa mezcla de dureza y ternura que sólo da el tiempo.
La historia, cuando es verdadera, se filtra. Aunque uno no conozca la etiqueta.
Me voy de la bodega cuando el viento vuelve a raspar. Pienso que Mendoza es eso: un territorio hostil que produce delicadeza. Un desierto que obliga a la comunidad. Un hilo de agua que sostiene una industria y, a veces, una familia.
Quizás el vino no sea más que una excusa elegante para algo mucho más antiguo: sentarse. Aflojar. Hacer una seña con la mano.
“Vení.”
Y en un país que suele elegir el grito, esa invitación mínima puede ser el gesto más revolucionario de todos.



