
El gigante de hormigón que sueña solo en la Pampa Amarilla
“A veces pienso que la Argentina está llena de lugares que esperan a que alguien vaya a preguntarles qué les pasó. Agua del Toro es uno de esos sitios. Un muro de cemento que desafía a la gravedad en el medio de la nada, custodiado por el viento y por fantasmas de mameluco que ya no marcan tarjeta.”
Por Mariano Montoya
Llegar a Agua del Toro no es para cualquiera. Hay que tener ganas, o un auto que se banque el ripio, (En mi caso mi bicicleta) o esa curiosidad suicida que nos empuja a ver qué hay más allá de donde termina el asfalto. Saliendo de Pareditas, por la Ruta, esta se convierte en una cicatriz que se mete en la garganta del Cañón del Diamante. El paisaje se pone serio, de un ocre furioso, como si Dios lo hubiera dejado a medio terminar para irse a dormir la siesta.
Dicen los mapas que ahí hay una represa. Una “bóveda de doble curvatura”, dicen los ingenieros, con palabras que suenan a ciencia ficción en medio de los jarillales. Y de repente, después de curvas que marean hasta a las cabras, aparece.
La pared y el silencio
Es una bestia de 118 metros de altura. Un arco de triunfo gris clavado entre dos paredes de roca que parecen muelas de un gigante prehistórico. Se empezó a levantar en los años 60, cuando el país todavía creía que podía domesticar a la naturaleza con hormigón y planes quinquenales.
Uno se para en el coronamiento y mira hacia abajo. El río Diamante, que tanta fama de bravo tiene, allá en el fondo parece un hilo de plata inofensivo. El viento sopla con esa constancia de los que no tienen apuro, y el silencio es tan grande que se escuchan los propios pensamientos, que por lo general no son muy interesantes.
Pero lo que realmente te pega un hondazo en el pecho no es el dique. Es lo que está al costado.
El pueblo que se quedó sin gente

Hubo un tiempo en que acá vivía gente. Mucha gente. Obreros, capataces, ingenieros italianos que tomaban grappa y hablaban a los gritos. Se construyó una villa entera, con casas prolijas, escuela, cine y hasta una iglesia para pedir que el cerro no se viniera abajo.
Hoy, la Villa de Agua del Toro es un escenario de película donde apagaron las cámaras y se olvidaron de avisarle a los actores. Quedan las casas, las calles trazadas, los postes de luz que alumbran a las lagartijas. Es un “pueblo fantasma”, dicen los youtubers que vienen en moto a sacarse selfies. Pero para mí es otra cosa. Es un monumento a la soledad.
Dicen que queda un solo habitante fijo, un tal Alfredo, un guardián que se niega a dejar que el desierto se trague la historia. Me lo imagino a la noche, escuchando el zumbido de las turbinas como si fuera una radio vieja, tomando unos mates y charlando con las sombras de los que levantaron la pared.
Pejerreyes y olvido
Abajo, en el lago de más de mil hectáreas, el agua es de un verde esmeralda que no pega con nada. Los pescadores, esos tipos pacientes que son los verdaderos filósofos de este siglo, dicen que el pique de pejerrey es bueno. Que vale la pena romperse los amortiguadores y tragar polvo con tal de tirar la línea en este silencio.
Quizás tengan razón. Agua del Toro no te ofrece wifi, ni confiterías con precios de Palermo, ni señal de celular para avisar que llegaste bien. Te ofrece algo más raro: la sensación de que sos chiquito, de que el tiempo se detuvo en 1976 y de que, a pesar de todo, el hormigón aguanta y el río sigue corriendo.
Si alguna vez andan por Mendoza y se cansan de las bodegas y el turismo de postal, encaren para la Pampa Amarilla. Vayan a saludar al gigante. Y si lo ven a Alfredo, mándenle saludos. Díganle que no está solo, que todavía hay locos que escriben sobre los lugares donde el país guardó sus sueños más pesados.




