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Mendoza se queda sin hielo: glaciares, agua y el futuro que nadie quiere ver

Mendoza se queda sin hielo: glaciares, agua y el futuro que nadie quiere ver

Glaciar en Tunuyan Mendoza

Mendoza nació del deshielo. No es una metáfora: cada gota que riega sus viñedos, que llena sus canales y que sale por las canillas de sus hogares viene, en última instancia, de la nieve y el hielo acumulado en la cordillera. Durante siglos ese sistema funcionó con una precisión casi perfecta: el invierno cargaba las montañas de nieve, el verano la derretía despacio, y el agua bajaba ordenada hacia el oasis. Hoy ese equilibrio se está rompiendo, y los números son imposibles de ignorar.

El dato que lo cambia todo

Entre 1986 y 2020, los glaciares ubicados en Mendoza perdieron el 36,2% de su superficie y volumen. Si bien la retracción fue generalizada, la zona más afectada fue el sur provincial. Unidiversidad Detrás de esta cifra está el trabajo de doctorado de Laura Zalazar, investigadora del CONICET Mendoza e integrante del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA). Casi cuatro décadas de retroceso sostenido, medido con rigor científico, sobre los mismos glaciares que abastecen los ríos que alimentan el oasis norte.

Y el contexto global no es más tranquilizador: la Cordillera de los Andes muestra retrocesos que están un 35% por encima de la tendencia global, lo cual impacta directamente en la disponibilidad hídrica regional. El Destape

La montaña como banco de agua

Para entender la gravedad del problema hay que entender qué hace un glaciar que no hace la nieve estacional. La nieve cae en invierno y se derrite en primavera: es un ciclo rápido, predecible, pero limitado. Los glaciares, en cambio, son reservas de largo plazo que acumulan agua durante décadas y la liberan lentamente, especialmente en los años secos. Son, en el lenguaje de los hidrólogos, el seguro hídrico del oasis.

En zonas como Mendoza o San Juan, los glaciares funcionan como una caja de agua que mitiga las sequías. En años secos, al derretirse, entregan más agua a los ríos y amortizan el déficit hídrico. Al perder glaciares, se pierde esa capacidad natural de regulación, y las sequías se van a sentir mucho más en el futuro. El Destape Así lo explica Lucas Ruiz, glaciólogo e investigador adjunto del CONICET en el IANIGLA.

El problema se agrava porque el agua superficial y subterránea de la que depende Mendoza es provista casi exclusivamente por el aporte de la nieve, los glaciares y el ambiente periglacial. El Editor Mendoza No hay plan B geográfico: si esa fuente disminuye, el oasis se achica.

Un oasis que ya consume más de lo que tiene

El oasis norte alberga cerca del 75% de la población provincial, más de 1,3 millones de personas, en una región árida donde apenas el 3% de la superficie concentra al 98,5% de la población. Ciudadano News La demanda de agua ya supera, en los hechos, la disponibilidad sostenible del recurso.

A esto se suma un modelo territorial que nunca internalizó los límites del recurso. Mientras los glaciares retroceden, se siguen aprobando nuevos barrios, loteos y emprendimientos inmobiliarios. En zonas como Lavalle, el uso intensivo del río Mendoza aguas arriba deja a las comunidades rurales sin caudal superficial, con un consumo de agua de apenas 20 a 25 litros diarios por persona, frente a los 500 litros en zonas urbanas. Ciudadano News La desigualdad en el acceso al agua ya no es una proyección: es una realidad presente.

La agricultura, que explica entre el 80 y el 90% del consumo total de agua en la provincia, también enfrenta este escenario sin la reconversión tecnológica que la situación exige. El riego por manto sigue siendo la norma donde debería ser la excepción. Las pérdidas en la red de distribución son enormes. Y las tarifas históricamente bajas no generan ningún incentivo para el uso eficiente.

El peligro del peak water

Los científicos advierten sobre un fenómeno llamado peak water: el momento en que los glaciares, al derretirse más rápido de lo que se acumulan, generan un período transitorio de mayor caudal seguido de una caída abrupta e irreversible. Proyecciones científicas alertan que para el año 2100, incluso en escenarios moderados de calentamiento de dos grados centígrados, los glaciares de los Andes podrían desaparecer casi por completo. Ciudadano News

Si en ese período de aparente bonanza hídrica Mendoza sigue expandiendo el oasis, aumentando la demanda y postergando las reformas, el ajuste posterior será brutal. La naturaleza no negocia ni espera los ciclos electorales.

La Ley de Glaciares, en jaque

En este contexto, el debate político nacional tomó un giro preocupante. El proyecto de ley que modifica el régimen de protección de glaciares fue aprobado por el Senado con 40 votos afirmativos, 31 negativos y 1 abstención. Chequeado La reforma, impulsada por el gobierno nacional, traslada a las provincias la decisión sobre qué glaciares o áreas periglaciares tienen valor hídrico y deben protegerse, lo que rompe el carácter nacional, uniforme e inderogable de los presupuestos mínimos ambientales establecidos por la Constitución Nacional. Greenpeace Argentina

Desde su sanción en 2010, la Ley de Glaciares permitió proteger cuerpos de hielo que hubieran sido afectados por al menos 44 proyectos mineros. Greenpeace Argentina Debilitarla hoy, cuando los glaciares ya perdieron más de un tercio de su superficie, es apostar en contra del único seguro hídrico que tiene la provincia.

Lo que hay que hacer, aunque incomode

Mendoza tiene la posibilidad de planificar su futuro con tiempo, con datos y con equidad, pero esa ventana se está cerrando. Frenar la expansión urbana en zonas de recarga hídrica frágil, revisar concesiones de agua que ya no tienen sentido productivo, implementar tarifas progresivas que desincentiven el derroche, acelerar la reconversión del riego agrícola y, sobre todo, proteger los glaciares y zonas periglaciares como lo que son: infraestructura crítica, el activo más valioso que tiene la provincia.

El oasis mendocino es un ecosistema sensible e inestable construido sobre un equilibrio hídrico que el cambio climático ya está alterando. Reconocerlo no es resignarse. Es la única forma de construir un futuro viable para los más de un millón de personas que dependen de ese hielo que, año a año, silenciosamente, se sigue derritiendo.

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